Algo salió mal. ¿Pero qué? El plan se ejecutó con una precisión escalofriante, sin lugar a error, no descuidando ni el más mínimo detalle. Como un reloj. Tomé todas las precauciones. Nadie debía seguirme. Tenía que pasar inadvertido. Mimetizarme. Una rata entre ratas. Cara afeitada, zapatos lustrados. Pero pronto todo esto se acabaría, no tendría que fingir más.Se suponía que no dejaría rastros. Pero lo hice. Adrede. Quería gritar mi verdad. Al fin y al cabo estaba haciendo historia. No podía simplemente desaparecer. Quería que me escucharan, que me recordaran, que me siguieran. Quería que mis enemigos se alarmaran, se atormentaran, se revolcaran. Que se dieran cuenta con horror de que nunca más estarían a salvo. Sin embargo tomé todos los recaudos para que el mensaje no fuera encontrado antes de tiempo. Recién después de cumplida la misión.Nunca hallarán mi cuerpo. No yaceré sobre mi costado derecho, mirando al este, como hubiese deseado. Pero esto era sólo un pequeño precio a pagar por la gloriosa recompensa que recibiría. Estaba dispuesto a oblarlo, y mucho más. Jamás he rehuído el sacrificio, ni en aras de la perfección, ni en la persecución de una meta. Y menos ahora, cuando me jugaba todo para conseguir el premio mayor.¿Mi cuerpo? ¿Dónde está? En ninguna parte. Se desintegró en el estallido, lo aniquiló aquella bola de fuego que yo mismo provoqué. Fue reventado, despedazado, hecho polvo, junto con los cuerpos de mis enemigos.La noche anterior no dormí. En mi mente repasé todos los detalles de la operación, como si estuviera preparándome para un examen. Sería el examen más severo de todos. Exigía un trabajo previo riguroso. Traté de disipar mis dudas, mis resquemores. Debía sentirme resuelto e intrépido. Frío y filoso como la hoja que usaría.Ayuné y recé. Purifiqué mi corazón, lo limpié de todo pensamiento o deseo terrenal. La hora de la verdad se aproximaba. Pedí a Dios por Su perdón y me puse en Sus manos.En la mañana me lavé. Me vestí con mi mejor ropa, verifiqué mis documentos, mi arma, mi coraje. Nunca dejé de rezar.Continué rezando cuando abordé la máquina, cuando degollé al piloto, cuando tomé su lugar, cuando con una sensación embriagadora de triunfo la estrellé contra aquel odioso símbolo de la prepotencia, la primera de las dos torres de Satanás.Las puertas de la vida eterna se abrían para mí. Estaba entrando al paraíso.
Pero del otro lado no me espera ningún paraíso. Sólo tinieblas y desazón. Voces, miles de voces que me llaman, que me hablan en todas las lenguas del mundo que de repente parezco entender. Ojos, miles de ojos, azules como el cielo, verdes como el mar, grises como una nube, color avellana como los de ciervos, negros como carbón. Ojos inocentes. Mirándome. Todos hacen la misma pregunta: “¿Por qué?”En lugar de contestar, recito los versos que he repetido una y otra vez durante mis meses de preparación: “No hay otro que Dios. No hay más Dios que el Dios del trono más alto, no hay otro Dios que el Dios de toda la tierra y de los cielos. No hay Dios fuera de Dios. Somos de Dios y a Dios volveremos.”Y en un relámpago se hace la luz en mi mente. No necesitan una respuesta de mí. Ya saben. Hay sólo un único Dios. Sólo uno. Único. Todos tenemos el mismo Dios, aunque lo adoremos de diferentes maneras. Mi Dios es también el Dios de aquellos cuya vida tomé, junto con la mía. ¿Estarán ellos en el cielo, mientras yo languidezco en las tinieblas, con aquellas voces, aquellos ojos persiguiéndome, atormentándome por toda la eternidad? ¿Han encontrado ellos el paraíso que yo perdí?Algo salió mal. Terriblemente, irremediablemente mal.
"Paraiso Perdido". Marìa Radò.