"Hay gente con la que la vida se ensaña , gente que no tiene una mala racha sino una continua sucesiòn de tormentas. Casi siempre esa gente se vuelve lacrimosa. Cuando alguien la encuentra, se pone a contar sus desgracias, hasta que otra de sus desgracias acaba siendo que nadie quiere encontràrsela."
"Mujeres de Ojos Grandes". Àngeles Mastretta.
sábado, 12 de enero de 2008
viernes, 7 de diciembre de 2007
Conducido a la fortaleza y cargado de hierros por sus enemigos, estuvo algunos dìas en el fondo de un calabozo luchando entre la vida y la muerte, hasta que, curado casi milagrosamente de sus heridas , sus deudos lo rescataron a fuerza de oro.
Voldìo el cautivo a su hogar ; volviò a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verlo, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se habìa llenado de una profunda y extraña melancolìa , y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disiparla.
Durante su cautiverio logrò ver a la hija del alcaide moro (...) no pudo resistir a la seducciòn se sus encantos y se enamorò perdidamente de un obejto para èl imposible.
Meses y meses pasò el caballero forjando los proyectos mas atrevidos y absurdos; ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer , ora hacìa los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidìa por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un dìa reuniò a sus hermanos de guerra y , despuès de hacer con el mayor sigilo todo los aprestos necesarios , cayò de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.
"Leyendas y Narraciones" Gustavo Adolfo Bècquer.
Voldìo el cautivo a su hogar ; volviò a estrechar entre sus brazos a los que le dieron el ser. Sus hermanos de armas y sus hombres de guerra se alborozaron al verlo, creyendo llegada la hora de emprender nuevos combates; pero el alma del caballero se habìa llenado de una profunda y extraña melancolìa , y ni el cariño paterno ni los esfuerzos de la amistad eran parte a disiparla.
Durante su cautiverio logrò ver a la hija del alcaide moro (...) no pudo resistir a la seducciòn se sus encantos y se enamorò perdidamente de un obejto para èl imposible.
Meses y meses pasò el caballero forjando los proyectos mas atrevidos y absurdos; ora imaginaba un medio de romper las barreras que lo separaban de aquella mujer , ora hacìa los mayores esfuerzos por olvidarla, y ya se decidìa por una cosa, ya se mostraba partidario de otra absolutamente opuesta, hasta que, al fin, un dìa reuniò a sus hermanos de guerra y , despuès de hacer con el mayor sigilo todo los aprestos necesarios , cayò de improviso sobre la fortaleza que guardaba a la hermosura objeto de su insensato amor.
"Leyendas y Narraciones" Gustavo Adolfo Bècquer.
martes, 13 de noviembre de 2007
Algo salió mal. ¿Pero qué? El plan se ejecutó con una precisión escalofriante, sin lugar a error, no descuidando ni el más mínimo detalle. Como un reloj. Tomé todas las precauciones. Nadie debía seguirme. Tenía que pasar inadvertido. Mimetizarme. Una rata entre ratas. Cara afeitada, zapatos lustrados. Pero pronto todo esto se acabaría, no tendría que fingir más.Se suponía que no dejaría rastros. Pero lo hice. Adrede. Quería gritar mi verdad. Al fin y al cabo estaba haciendo historia. No podía simplemente desaparecer. Quería que me escucharan, que me recordaran, que me siguieran. Quería que mis enemigos se alarmaran, se atormentaran, se revolcaran. Que se dieran cuenta con horror de que nunca más estarían a salvo. Sin embargo tomé todos los recaudos para que el mensaje no fuera encontrado antes de tiempo. Recién después de cumplida la misión.Nunca hallarán mi cuerpo. No yaceré sobre mi costado derecho, mirando al este, como hubiese deseado. Pero esto era sólo un pequeño precio a pagar por la gloriosa recompensa que recibiría. Estaba dispuesto a oblarlo, y mucho más. Jamás he rehuído el sacrificio, ni en aras de la perfección, ni en la persecución de una meta. Y menos ahora, cuando me jugaba todo para conseguir el premio mayor.¿Mi cuerpo? ¿Dónde está? En ninguna parte. Se desintegró en el estallido, lo aniquiló aquella bola de fuego que yo mismo provoqué. Fue reventado, despedazado, hecho polvo, junto con los cuerpos de mis enemigos.La noche anterior no dormí. En mi mente repasé todos los detalles de la operación, como si estuviera preparándome para un examen. Sería el examen más severo de todos. Exigía un trabajo previo riguroso. Traté de disipar mis dudas, mis resquemores. Debía sentirme resuelto e intrépido. Frío y filoso como la hoja que usaría.Ayuné y recé. Purifiqué mi corazón, lo limpié de todo pensamiento o deseo terrenal. La hora de la verdad se aproximaba. Pedí a Dios por Su perdón y me puse en Sus manos.En la mañana me lavé. Me vestí con mi mejor ropa, verifiqué mis documentos, mi arma, mi coraje. Nunca dejé de rezar.Continué rezando cuando abordé la máquina, cuando degollé al piloto, cuando tomé su lugar, cuando con una sensación embriagadora de triunfo la estrellé contra aquel odioso símbolo de la prepotencia, la primera de las dos torres de Satanás.Las puertas de la vida eterna se abrían para mí. Estaba entrando al paraíso.
Pero del otro lado no me espera ningún paraíso. Sólo tinieblas y desazón. Voces, miles de voces que me llaman, que me hablan en todas las lenguas del mundo que de repente parezco entender. Ojos, miles de ojos, azules como el cielo, verdes como el mar, grises como una nube, color avellana como los de ciervos, negros como carbón. Ojos inocentes. Mirándome. Todos hacen la misma pregunta: “¿Por qué?”En lugar de contestar, recito los versos que he repetido una y otra vez durante mis meses de preparación: “No hay otro que Dios. No hay más Dios que el Dios del trono más alto, no hay otro Dios que el Dios de toda la tierra y de los cielos. No hay Dios fuera de Dios. Somos de Dios y a Dios volveremos.”Y en un relámpago se hace la luz en mi mente. No necesitan una respuesta de mí. Ya saben. Hay sólo un único Dios. Sólo uno. Único. Todos tenemos el mismo Dios, aunque lo adoremos de diferentes maneras. Mi Dios es también el Dios de aquellos cuya vida tomé, junto con la mía. ¿Estarán ellos en el cielo, mientras yo languidezco en las tinieblas, con aquellas voces, aquellos ojos persiguiéndome, atormentándome por toda la eternidad? ¿Han encontrado ellos el paraíso que yo perdí?Algo salió mal. Terriblemente, irremediablemente mal.
"Paraiso Perdido". Marìa Radò.
Pero del otro lado no me espera ningún paraíso. Sólo tinieblas y desazón. Voces, miles de voces que me llaman, que me hablan en todas las lenguas del mundo que de repente parezco entender. Ojos, miles de ojos, azules como el cielo, verdes como el mar, grises como una nube, color avellana como los de ciervos, negros como carbón. Ojos inocentes. Mirándome. Todos hacen la misma pregunta: “¿Por qué?”En lugar de contestar, recito los versos que he repetido una y otra vez durante mis meses de preparación: “No hay otro que Dios. No hay más Dios que el Dios del trono más alto, no hay otro Dios que el Dios de toda la tierra y de los cielos. No hay Dios fuera de Dios. Somos de Dios y a Dios volveremos.”Y en un relámpago se hace la luz en mi mente. No necesitan una respuesta de mí. Ya saben. Hay sólo un único Dios. Sólo uno. Único. Todos tenemos el mismo Dios, aunque lo adoremos de diferentes maneras. Mi Dios es también el Dios de aquellos cuya vida tomé, junto con la mía. ¿Estarán ellos en el cielo, mientras yo languidezco en las tinieblas, con aquellas voces, aquellos ojos persiguiéndome, atormentándome por toda la eternidad? ¿Han encontrado ellos el paraíso que yo perdí?Algo salió mal. Terriblemente, irremediablemente mal.
"Paraiso Perdido". Marìa Radò.
miércoles, 7 de noviembre de 2007
"..Devolvì la carta a Armand , que sin duda acababa de releerla en su pensamiento mientras yo leìa en el papel, ya que , al cogerla, me dijo:
-¡Quièn creerìa que era una mantenida la que esto escribiò!
Y muy conmovido por sus recuerdos , contemplò durante unos momentos la escritura de aquella carta, que acabò por llevarse a los labios.
- Cuando pienso- prosiguiò- que ha muerto sin poder volver a verla, y que nuna màs la verè; cuando pienso que hizo por mi lo que no hubiera hecho una hermana, no me perdono haberla dejado morir asì. ¡ Muerta! ¡Muerta!-añadiò-. ¡Ha muerto pensando en mì, escribiendo y pronunciando mi nombre! ¡ Mi pobre y querida Marguerite!
Y Armand , dando rienda suelta a sus pensamientos y a sus làgrimas, me tendiò la mano y prosiguiò:
- Quien me viera lamentàndome asi por semejante muerta , me considerarìa un niño. Pero nadie sabe cuànto hice sufrir a esta mujer, què cruel fui, què buena y resignada era ella. Creì que a mì me concernìa el perdonarla, y hoy me siento indigno del perdòn que me ella me otorga. ¡Ay, darìa diez años de mi vida a cambio de llorar una hora a sus pies!
Resulta siempre difìcil consolar un dolor que desconocemos; y, sin embargo, el joven me inspiraba una tan viva simpatìa, me tomò como confidente de su pena con tanta franqueza, que creì que mi palabra no hallarìa èl indiferencia y le dije:
-¿Tiene usted parientes?¿Amigos? No desespere; vèalos y lo consalaràn, pues yo ùnicamente puedo compadecerle.
-Exacto- dijo, levantàndose y paseàndose a largos pasos por la estancia-; le aburro. Discùlpeme, no me daba cuenta e que mi solor debe de importarle poco, y que le importuno con algo que no puede ni debe interesarle nada.
-Interpreta usted mal mis palabras; estoy enteramente a su disposiciòn , solo lamento mi impotencia para calmar su pesadumbre. Si mi compañìa y la de mis amigos pueden distraerle , si , en fin, me necesitara para lo que fuere, quiero que sepa, con absoluta certeza, el inmenso placer que me propocionarà resultarle grato."
PAG. 33 "La Dama de las Camelia" Alejandro Dumas.
-¡Quièn creerìa que era una mantenida la que esto escribiò!
Y muy conmovido por sus recuerdos , contemplò durante unos momentos la escritura de aquella carta, que acabò por llevarse a los labios.
- Cuando pienso- prosiguiò- que ha muerto sin poder volver a verla, y que nuna màs la verè; cuando pienso que hizo por mi lo que no hubiera hecho una hermana, no me perdono haberla dejado morir asì. ¡ Muerta! ¡Muerta!-añadiò-. ¡Ha muerto pensando en mì, escribiendo y pronunciando mi nombre! ¡ Mi pobre y querida Marguerite!
Y Armand , dando rienda suelta a sus pensamientos y a sus làgrimas, me tendiò la mano y prosiguiò:
- Quien me viera lamentàndome asi por semejante muerta , me considerarìa un niño. Pero nadie sabe cuànto hice sufrir a esta mujer, què cruel fui, què buena y resignada era ella. Creì que a mì me concernìa el perdonarla, y hoy me siento indigno del perdòn que me ella me otorga. ¡Ay, darìa diez años de mi vida a cambio de llorar una hora a sus pies!
Resulta siempre difìcil consolar un dolor que desconocemos; y, sin embargo, el joven me inspiraba una tan viva simpatìa, me tomò como confidente de su pena con tanta franqueza, que creì que mi palabra no hallarìa èl indiferencia y le dije:
-¿Tiene usted parientes?¿Amigos? No desespere; vèalos y lo consalaràn, pues yo ùnicamente puedo compadecerle.
-Exacto- dijo, levantàndose y paseàndose a largos pasos por la estancia-; le aburro. Discùlpeme, no me daba cuenta e que mi solor debe de importarle poco, y que le importuno con algo que no puede ni debe interesarle nada.
-Interpreta usted mal mis palabras; estoy enteramente a su disposiciòn , solo lamento mi impotencia para calmar su pesadumbre. Si mi compañìa y la de mis amigos pueden distraerle , si , en fin, me necesitara para lo que fuere, quiero que sepa, con absoluta certeza, el inmenso placer que me propocionarà resultarle grato."
PAG. 33 "La Dama de las Camelia" Alejandro Dumas.
"Querido Armand:
He recibido su carta y doy gracias a Dios el saberle bien. Sì, amigo mìo, estoy enferma, y de una de estas enfermedades que no perdonan. Sin embargo , el interès que todavìa demuestra por mì disminuye en mucho mi sufrimiento. Sin duda, no vivirè el tiempo suficiente para alcanzar la dicha de estrechar la mano que ha escrito la carta tan llena de bondades que acabo de recibir y cuyas palabras me curarìan , si algo pudiera curarme aùn. No le verè, pues me hallo al borde de la muerte y cientos de leguas le separan de mì. ¡Mi pobre Amigo! Su Marguerite de antaño està muy cambiada, y quizà sea mejor que no vuelva a verla a que la vea como ahora està. Me pregunta si le perdono. ¡Oh, de todo corazòn, amigo mìo!, pues el daño que quiso causarme no era sino prueba de amor que me tenìa. Hace un mes que estoy en cama, y aprecio tanto su estima que escribo el diario de mi vida, desde el momento de nuestra separaciòn hasta el instante en que me abandonen las fuerzas para escribir.
Si su interès por mì es verdadero , Armand, vaya, a su regreso , a cada de Julie Duprat. Le entregarà este diario. En sus pàginas hallarà la razòn y justificaciòn de lo sucedido entre nosotros. Julie es muy buena conmigo; juntas , hablamos de usted a menudo. Se encontraba aquì cuando llegò su carta y lloramos al leerla.
En caso de que no diera usted noticias, està encargada de hacer llegar esos papeles a sus manos, a su llegada a Francia. No me lo agradezca. Este entorno cotidiano a los ùnicos momentos felices de mi vida me procura un bien enorme, y si en su lectura ha de hallar usted la justificaciòn del pasado, es un consuelo permanente lo que me proporciona.
Quisiera legarle algo para que mi recuerdo estuviera siempre presente en su espìritu, pero todo cuanto me roda en mi casa està embargado , y no me pertenece absolutamente nada.
¿Comprende, querido amigo? Voy a morir y desde mi alcoba oigo caminar por el salòn al guarda impuesto en la casa por mis acreedores para vigilar que nadie se lleve nada ni que nada quede en mi poder en caso de que no muriera. Confìo en que esperaràn el final para vender.
¡Oh, què despiadados son los hombres! O, mejor dicho, me equivoco, es Dios el justo, el inflexible.
Pues bien, amado mìo, acuda a la subasta y compre cualquier cosa, pues si apartara el menor objeto para usted y se enteraran , serìan capaces de acusarle de sustracciòn de objetos embargados.
¡ Què triste vida èsta, la que dejo!
¡ Què bondad la de Dios si me permitiera volver a vere antes de morir! De acuerdo con todas las probabilidades, ¡ adìos amigo mìo! Perdòneme por no escribirle màs extensamente , pero quienes me dicen que me curaràn me extenùan a base de sangrìas , y mi mano se niega a escribir màs.
Marguerite Gautier."
Pag. 31- 32. "La Dama de las Camelias" .Alejandro Dumas
He recibido su carta y doy gracias a Dios el saberle bien. Sì, amigo mìo, estoy enferma, y de una de estas enfermedades que no perdonan. Sin embargo , el interès que todavìa demuestra por mì disminuye en mucho mi sufrimiento. Sin duda, no vivirè el tiempo suficiente para alcanzar la dicha de estrechar la mano que ha escrito la carta tan llena de bondades que acabo de recibir y cuyas palabras me curarìan , si algo pudiera curarme aùn. No le verè, pues me hallo al borde de la muerte y cientos de leguas le separan de mì. ¡Mi pobre Amigo! Su Marguerite de antaño està muy cambiada, y quizà sea mejor que no vuelva a verla a que la vea como ahora està. Me pregunta si le perdono. ¡Oh, de todo corazòn, amigo mìo!, pues el daño que quiso causarme no era sino prueba de amor que me tenìa. Hace un mes que estoy en cama, y aprecio tanto su estima que escribo el diario de mi vida, desde el momento de nuestra separaciòn hasta el instante en que me abandonen las fuerzas para escribir.
Si su interès por mì es verdadero , Armand, vaya, a su regreso , a cada de Julie Duprat. Le entregarà este diario. En sus pàginas hallarà la razòn y justificaciòn de lo sucedido entre nosotros. Julie es muy buena conmigo; juntas , hablamos de usted a menudo. Se encontraba aquì cuando llegò su carta y lloramos al leerla.
En caso de que no diera usted noticias, està encargada de hacer llegar esos papeles a sus manos, a su llegada a Francia. No me lo agradezca. Este entorno cotidiano a los ùnicos momentos felices de mi vida me procura un bien enorme, y si en su lectura ha de hallar usted la justificaciòn del pasado, es un consuelo permanente lo que me proporciona.
Quisiera legarle algo para que mi recuerdo estuviera siempre presente en su espìritu, pero todo cuanto me roda en mi casa està embargado , y no me pertenece absolutamente nada.
¿Comprende, querido amigo? Voy a morir y desde mi alcoba oigo caminar por el salòn al guarda impuesto en la casa por mis acreedores para vigilar que nadie se lleve nada ni que nada quede en mi poder en caso de que no muriera. Confìo en que esperaràn el final para vender.
¡Oh, què despiadados son los hombres! O, mejor dicho, me equivoco, es Dios el justo, el inflexible.
Pues bien, amado mìo, acuda a la subasta y compre cualquier cosa, pues si apartara el menor objeto para usted y se enteraran , serìan capaces de acusarle de sustracciòn de objetos embargados.
¡ Què triste vida èsta, la que dejo!
¡ Què bondad la de Dios si me permitiera volver a vere antes de morir! De acuerdo con todas las probabilidades, ¡ adìos amigo mìo! Perdòneme por no escribirle màs extensamente , pero quienes me dicen que me curaràn me extenùan a base de sangrìas , y mi mano se niega a escribir màs.
Marguerite Gautier."
Pag. 31- 32. "La Dama de las Camelias" .Alejandro Dumas
domingo, 4 de noviembre de 2007
No se culpe a nadie (Julio Cortàzar)
El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas. por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.
miércoles, 24 de octubre de 2007
Capìtulo 1 , "Dama de las Camelias" .. Alejandro Dumas
A mi juicio, no se pueden crear personajes sino después de haber estudiado mucho a los hombres, como no se puede hablar una lengua sino a condición de haberla aprendido seriamente.Como no he llegado aún a la edad de inventar, me limito a relatar.Exhorto, pues, al lector a que se convenza de la realidad de esta historia, cuyos personajes, a excepción de la heroína, viven todos aún.Por otra parte, hay en París .testigos de la mayor parte de los hechos que aquí recojo, y que podrían confirmarlos, si mi testimonio no bastara. Por una circunstancia particular sólo yo podía escribirlos, porque sólo yo fui el confidente de los últimos detalles, sin los cuales hubiera sido imposible hacer un relato interesante y completo.Pues bien, veamos cómo llegaron a mi conocimiento esos detalles.El 12 de marzo de 1847 leí la calle Lafitte un gran cartel amarillo en que se anunciaba la subas de unos muebles y otros curiosos objetos de valor. Dicha subas tenía lugar tras una defunción. El cartel no ponía el nombré de la persona muerta, pero la subasta iba a llevarse a cabo en la calle de Antin, número 9, el día 16, de doce a cinco de la tarde.El cartel indicaba además que el 13 y el 14 se podía ir a ver el piso y los muebles.Siempre he sido aficionado a las curiosidades. Me prometí no perderme aquella ocasión, si no de comprar, por lo menos de ver.Al día siguiente me dirigí a la calle de Antin, número 9. Era temprano y, sin embargo, ya había gente en el piso: hombres e incluso mujeres, que, aunque vestidas de terciopelo, envueltas en cachemiras y con elegantes cupés esperándolas a la puerta, miraban con asombro y hasta con admiración el lujo que se ostentaba ante sus ojos.Más tarde comprendí aquella admiración y aquel asombro, pues, al ponerme a observar yo también, advertí sin dificultad que estaba en la casa de una entretenida . Y si hay algo que las mujeres de mundo desean ver ––y allí había mujeres de mundo-- es el interior de las casas de esas mujeres, cuyos carruajes salpican . los suyos a diario; que tienen, como ellas y a su lado, un palco en la Opera y en los Italianos, y que ostentan en París la insolente opulencia de su belleza, de sus joyas y de sus escándalos.Aquella en cuya casa me encontraba había muerto: las mujeres más virtuosas podían, pues, penetrar hasta en su dormitorio. La muerte había purificado el aire de aquella espléndida cloaca, y además siempre tenían la excusa, si la hubieran necesitado, de que iban a una subasta sin saber a casa de quién iban. Habían leído los carteles, querían ver lo que los carteles prometían y elegir por anticipado: nada más sencillo. Lo que no les impedía buscar, en medio de todas aquellas maravillas, las huellas de su vida de cortesana, de la que sin duda les habían referido tan extraños relatos.Por desgracia los misterios habían muerto con la diosa y, pese a toda su buena voluntad, aquellas damas no lograron sorprender más que lo que estaba en venta después del fallecimiento, y nada de lo que se vendía en vida de la inquilina.Por lo demás, no faltaban cosas que comprar. El mobiliario era soberbio. Muebles de palo de rosa y de Boule, jarrones de Sèvres y de China, estatuillas de Sajonia , raso, terciopelo y encaje, nada faltaba allí.Me paseé por la casa y seguí a las nobles curiosas que me habían precedido. Entraron en una habitación tapizada de tela persa, a iba a entrar yo también, cuando salieron casi al instante, sonriendo y como si les diera vergüenza de aquella nueva curiosidad. Por ello deseaba yo más vivamente penetrar en aquella habitación. Era el cuarto de aseo, revestido de los más minuciosos detalles, en los que parecía haberse desarrollado al máximo la prodigalidad de la muerte.Encima de una mesa grande adosada a la pared, una mesa de seis pies de largo por tres de ancho, brillaban todos los tesoros de Aucoc y de Odiot . Era aquella una magnífica colección, y ni uno solo de esos mil objetos tan necesarios para el cuidado de una mujer como aquella en cuya casa nos hallábamos estaba hecho de otro metal que no fuera oro o plata. Sin embargo una colección como aquélla sólo podía haberse hecho poco a poco, y no era el mismo amor el que la había completado.Como a mí no me asustaba el ver el cuarto de aseo de una entretenida, me distraía examinando los detalles, cualesquiera que fuesen, y me di cuenta de que todos aquellos utensilios, magníficamente cincelados, llevaban iniciales distintas y orlas diferentes.Iba mirando todas aquellas cosas, cada una de las cuales se me representaba como una prostitución de la pobre chica, y me decía que Dios había sido clemente con ella, puesto que no había permitido que llegara a sufrir el castigo ordinario, y .la había dejado morir en medio de su lujo y su belleza, antes de la vejez, esa primera muerte de las cortesanas.En efecto, ¿hay espectáculo más triste que la vejez del vicio, sobre todo en la mujer? No encierra dignidad alguna ni inspira ningún interés. Ese eterno arrepentimiento, no ya del mal camino seguido, sino de los cálculos mal hechos y del dinero mal empleado, es una de ––las cosas más tristes que se pueden oír.Conocí una antigua mujer galante, a quien ya no le quedaba de su pasado más que una hija casi tan hermosa, al decir de sus contemporáneos, como había sido su madre. Aquella pobre niña, a quien su madre nunca le había dicho «eres mi hija» más que para ordenarle que sustentara su vejez como ella había sustentado su infancia, aquella pobre criatura se llamaba Louise y, obedeciendo a su madre, se entregaba sin voluntad, sin pasión, sin placer, como hubiera trabajado en un oficio, si hubiesen pensado en enseñárselo.El espectáculo continuo del desenfreno, un desenfreno precoz, alimentado por el estado continuamente enfermizo de la muchacha, apagó en ella el discernimiento del bien y del mal, que tal vez Dios le había concedido, pero que a nadie se le ocurrió desarrollar.Nunca olvidaré a aquella muchachita, que pasaba por los bulevares casi todos los días a la misma hora.Su madre la acompañaba sin cesar, tan asiduamente como una verdadera madre hubiera acompañado a su verdadera hija. Yo era muy joven entonces, y dispuesto a aceptar para mí la fácil moral de mi siglo.Recuerdo, sin embargo, que el espectáculo de aquella vigilancia escandalosa me inspiraba desprecio y asco.Añádase a ello que nunca un rostro de virgen dio tal sensación de inocencia, tal expresión de sufrimiento melancólico.Parecía una imagen de la Resignación.Un día el rostro de la muchacha se iluminó. En medio del desenfreno programado por su madre, le pareció a la pecadora que Dios le otorgaba una satisfacción. Y, al fin y al cabo, ¿por qué Dios, que la había creado sin fortaleza, iba a dejarla sin consuelo bajo el peso doloroso de su vida? Un día, pues, se dio cuenta de que estaba encinta, y lo que de casto había aún en ella se estremeció de gozo. El alma tiene extraños refugios. Louise corrió a anunciar a su madre la noticia que tan feliz la hacía. Da vergüenza decirlo, aunque no estamos hablando aquí de la inmoralidad por gusto: estamos contando un hecho real, que tal vez haríamos mejor callando, si no creyéramos que de cuando en cuando es preciso revelar los martirios de esos seres a quienes se condena sin oír y se desprecia sin juzgar; da vergüenza, decimos, pero la madre respondió a la hija que ya no les sobraba nada para dos y que no tendrían bastante para tres; que tales hijos son inútiles y que un embarazo es una pérdida de tiempo.Al día siguiente una comadrona, a quien designaremos sólo como la amiga de la madre, fue a ver a Louise, que se quedó unos días en la cama, y volvió a levantarse más débil y más pálida que antes.Tres meses después un hombre se compadeció de ella y emprendió su curación moral y física; pero la última sacudida había sido excesivamente violenta, y Louise murió a consecuencia del aborto.La madre vive todavía: ¿cómo? ¡Sabe Dios!Esta historia me vino a la memoria mientras contemplaba los estuches de plata, y en estas reflexiones debió de pasar al parecer cierto tiempo, pues ya no quedábamos en la casa más que yo y un vigilante, que desde la puerta observaba con atención si no me llevaba nada.Me acerqué a aquel hombre, a quien tan graves recelos inspiraba.––¿Podría decirme ––le dije–– el nombre de la persona que vivía aquí?––La señorita Marguerite Gautier.Conocía a esa joven de nombre y de vista.––¡Cómo! ––––dije al vigilante––. ¿Ha muerto Marguerite Gautier?––Sí, señor.––¿Y cuándo ha sido?––Creo que hace tres semanas..––¿Y por qué dejan visitar el piso?––Los acreedores han pensado que así subiría la subasta. La gente puede ver de antemano el efecto que hacen los tejidos y los muebles. Eso anima a comprar, ¿comprende?––¿Ah, tenía deudas?––¡Oh, sí, señor! Y no pocas.Pero seguramente la subasta las cubrirá, ¿no?––Y sobrará.––¿Entonces quién se llevará el resto?––Su familia.––¿Ah, tiene familia?––Eso parece.Muchas gracias.El vigilante, tranquilo ya respecto a mis intenciones, me saludó y salí.«¡Pobre chica! iba diciéndome mientras volvía a mi casa––. No ha debido de morir muy alegremente, pues en su mundo no hay amigos más que cuando uno está bien .»Y, sin querer, no podía menos de compadecerme de la suerte de Marguerite Gautier.Quizá le parezca ridículo a mucha gente, pero siento una indulgencia inagotable por las cortesanas, y no pienso tomarme la molestia de andar dando explicaciones sobre tal indulgencia.Un día, cuando iba a recoger un pasaporte a la comisaría, vi cómo en una de las calles adyacentes dos gendarmes se llevaban a una chica. Ignoro lo que había hecho: lo único que puedo decir es que lloraba a lágrima viva abrazando a un niño de pocos meses, de quien su detención la separaba. Desde aquel día ya no he podido despreciar a una mujer a simple vista.
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